
Por: Sara Lucía Caicedo Luna y Diana María Vélez Salinas
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Yo lo vi
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Creo que lugares como estos son trágicos. Ves cómo todo el mundo se va y jamás sabes qué hay después. Pero esta vez fue diferente, porque yo lo vi. Él estaba sentado con el típico movimiento intenso de pie, que de solo verlo lo comienzas a imitar y a sentir su misma ansiedad. Tendría por ahí treinta años, no tenía acompañantes, llevaba solo una maleta pequeña y no estaba conectado al celular como casi todos en este lugar. Puede que haya sido porque quería estar tranquilo, evitar un mensaje o llamada que le hiciera cambiar de opinión.
Su actitud me pareció sospechosa cuando en la sala de espera en la que se encontraba empezaron a abordar y él se quedó solo. Lo primero que pensé fue que tenía escala y que estaba esperando a que saliera su nuevo vuelo, pero siguieron pasando las horas y se mantenía inmóvil, no despegaba la mirada del suelo, excepto cuando miraba el reloj que llevaba en la muñeca.
Era mi obligación preguntarle. Poder estar como vigilante en el aeropuerto El Dorado era un beneficio porque aquí tenía mejor sueldo que en Cali. Sin embargo, también era sinónimo de estar en constante alerta por las personas que entraban y salían del país, pues nunca sé en qué momento podríamos tener alguna escena sacada de una película de acción.
Me acerqué a él y le dije: “Señor, ¿se encuentra bien?”. Giró para verme, pero no hubo respuesta, pero como yo tenía que averiguar cuál era su problema le pregunté si había perdido su vuelo. “Yo no sé si llamaría a eso perder”, me contestó. Yo me quedé callado porque sinceramente no supe qué contestar, pero él continuó: “He vivido más de 25 años en Colombia, he tenido la oportunidad de conocer otros lugares y creo que no hay lugar más caótico que este”. Sonreí y sentí como mis cejas se arrugaban para tratar de hacer un gesto de compasión y me di cuenta de que también había un poco de tristeza en mi cara, porque sabía de lo que hablaba. Reflexioné en esas palabras que generalmente pensamos sobre nuestra realidad: pobreza, corrupción y violencia. Hasta en nuestra bandera está la representación de los ríos de sangre que hemos derramado a lo largo de la historia.
“Pero ¿no crees que eso es lo que lo hace hermoso?”, fue la frase que interrumpió mis pensamientos. “¿Cómo?”, le dije para que me repitiera la pregunta que me había dicho, porque creí haberle entendido mal. “Sí, eso es lo que lo hace hermoso”.
El supuesto viajero se levantó de la silla después de
estar ahí por más de cuatro horas y salió por la puerta
que daba hacia los taxis que llevan hacia la ciudad de
Bogotá. En ese momento lo vi. Fue el primer turista que
sabía a dónde iba y también vi en sus palabras por qué
muchos nos quedamos en Colombia. Es el caos, la
incertidumbre y la eterna esperanza de un mejor país
lo que nos mantiene en pie. Hay mucho por hacer y ese joven probablemente fue uno de los grandes pasos para seguir creyendo, porque no solo se convenció a él, sino también a mí.
Qué grande eres Colombia. Mi tierra amada.
Laura Meza
